Un líder que ya no necesita tener la razón puede aprender. Y cuando un líder aprende, toda la organización respira distinto.

La humildad ontológica es una de las distinciones más relevantes del coaching organizacional. Significa entender que no vemos las cosas como son, sino como somos: desde nuestra historia, nuestras experiencias, nuestros miedos, nuestros valores.

Y esto no es un problema.
El problema aparece cuando olvidamos que es así.

La arrogancia —que no siempre se expresa con gritos, a veces se manifiesta con silencios— parte de la idea de que “mi mirada es la correcta”. Cuando esto ocurre, la organización pierde curiosidad, pierde innovación y la gente deja de decir lo que realmente ve.

En cambio, la humildad ontológica abre espacio para el aprendizaje mutuo, que se sostiene en tres pilares:

  1. Mi mirada es parcial.
    No porque tengamos fallas, sino porque somos humanos. Y eso nos invita a completar la mirada con otros.
  2. Las otras personas ven algo que yo no.
    Cuando un equipo reconoce que cada observador aporta piezas distintas del rompecabezas, se vuelve más inteligente colectivamente.
  3. Los errores no son amenazas, sino información.
    En coaching, un error es un “tesoro”: te muestra cómo estás operando.

Un líder humilde no se afirma en tener razón, sino en crear condiciones para que todos aprendan. Es un liderazgo que escucha, valida, contrasta y se deja transformar por la conversación.

Cuando se instala esta actitud —que es una práctica, no un concepto— surge algo distinto: un nosotros más fuerte, más maduro y más capaz de construir acuerdos profundos.


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